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Artículo: Natalidad: invierno sin primavera

Fuente: Aceprensa

 

En 2023 nacieron en España 322.075 personas. Murieron 464.380. Hubo unos 100.000 abortos voluntarios. Ni siquiera uniendo los nacimientos a los abortos que podrían no haber sido, se compensaría la cifra de fallecidos.


El ser humano tiene, en algunas épocas, la extraña capacidad de no reaccionar, por más que sean anunciados, ante los problemas que se presentarán a largo o incluso a medio plazo. Ha ocurrido y ocurre con el cuidado del medio ambiente, y es especialmente singular la ceguera o despreocupación ante los problemas demográficos.


Durante decenios, propagandistas ideológicos han clamado contra el crecimiento mundial de la población, pero lo que hay hoy, sobre todo en Occidente, es un invierno demográfico.


El bien de los hijos

En todas las etnias originarias o primitivas en el tiempo, los hijos han sido considerados un bien, quizá el mayor. No solo porque se les ama desde el principio, sino porque son la garantía de la supervivencia de la cultura. En esas etnias el parentesco es la base de la organización social. Y así siguió siendo durante siglos en cualquier sociedad.


Por qué hoy todo eso parece haber sido olvidado tiene que ver con fenómenos morales. Por señalar solo uno, hay que referirse a un tipo desviado de individualismo. Existe también un individualismo responsable y generoso: intentar hacerse mejor uno mismo para dar más y mejor a los demás. Pero el individualismo desviado y narcisista no es capaz ya de sentir la generosidad de la antigua expresión: “plantar árboles para que otros se sienten a su sombra”.


Ese tipo de individualismo es calculador, también en la previsión de tener hijos. Está muy extendida la idea de que, antes de engendrar a otros y sacrificarse por ellos, hay que vivir la propia vida, también sexual, algo hecho posible por la llamada “liberación” en ese ámbito y por la facilidad de los medios de anticoncepción. Eso explica el retraso, no ya de la vida en pareja, que ha adquirido distintas formas, sino en ser madre o padre.

Se han dado siempre casos de esa mentalidad. Lo nuevo del fenómeno es que se ha hecho en gran parte cultura, es decir, un hábito cada vez más extendido.


La cultura del individualismo egoísta impide pensar en las consecuencias que mi acción va a tener sobre el conjunto. Por aplicar aquí aquello del imperativo categórico de Kant (“obra de  tal modo que tu conducta pueda erigirse en ley universal”), es  claro que la reducción de la natalidad, al generalizarse, acaba en una especie de suicidio cultural colectivo.


Más allá de lo económico      

En contra de todo esto se suele afirmar que la resistencia a tener hijos se debe a causas económicas: insuficiente existencia de trabajos bien retribuidos, imposibilidad de hacerse con una casa, etc. Pero la humanidad ha vivido muchas veces en situaciones económicas más adversas, en periodos de extendida escasez, y, sin embargo, no se ha respondido, antes que nada, con esa “política” calculadora en la descendencia.


Sin excluir que las situaciones económicas influyen, junto a la ausencia de políticas natalistas por parte de las autoridades políticas, la causa principal del descenso de la natalidad es una mentalidad, ese individualismo calculador que, en su extremo, ve en los posibles hijos e hijas una limitación de la propia independencia.


Si eso es así, la solución al invierno demográfico no depende principalmente de la mejora de la situación económica o de leyes natalistas más inteligentes, sino de un cambio de mentalidad, de concepción de la vida. Para ese cambio es importante la reflexión de que “hemos de hacer por nuestros hijos lo que nuestros padres hicieron por nosotros”. Lo que podría llamarse “gratitud intergeneracional”.


La devolución, por parte de los hijos, del amor y de la entrega de los padres y madres hacia ellos no es posible, por mucho que sea el cariño y el respeto, sino que se escalona hacia los propios hijos e hijas. Una muestra de esto es, en la casi totalidad de los casos, el bien que significa para los padres y madres ser abuelos. Por no hablar del bien que supone para la persona tener, en el mejor de los casos, cuatro personas más que la quieren: los abuelos.


Si no cambia esta mentalidad de un individualismo egoísta, el invierno demográfico seguirá. Pero será un invierno sin primavera.

 

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