Artículo: Volver a Jérôme Lejeune en tiempos emotivistas y tecnoutópicos
- 1 jul
- 6 min de lectura
Fuente: ACEPRENSA DURACIÓN LECTURA: 7min.
Autor: Fernando Rodríguez-Borlado
Si, durante su vida, Jérôme Lejeune, el genetista francés que defendió la dignidad de las personas con síndrome de Down tuvo que enfrentarse a un enfoque emotivista e individualista de la medicina, hoy la amenaza viene de una perspectiva utópica, aparentemente opuesta a la anterior: la de quienes consideran que la verdadera raza humana está por construir, y que existe un deber moral de emplear todos los medios técnicos a nuestro alcance para conseguirlo.

El paso de la modernidad a la posmodernidad ha tenido un reflejo claro –y dramático– en la medicina, especialmente visible en aquellas disciplinas médicas en las que más influye la imagen que se tenga de la naturaleza humana y su dignidad; es decir, en las que tratan del comienzo y el final de la vida.
Para entender el cambio de paradigma médico es preciso observar los cambios en el terreno filosófico. El valor motriz de la modernidad fue el progresismo: la idea de que el hombre, como especie e individualmente, está llamado a realizarse mediante el ejercicio de la racionalidad, que implica el de la libertad. “Recuperar” su humanidad implicaba rescatar la razón de la cárcel en la que la habían encerrado sus enemigos, también inmateriales: los instintos, el miedo, la superstición, la tradición o la costumbre. Esta empresa implicaba, pues, un concepto de “naturaleza humana” (aunque entendida más como meta o ideal que como base real del comportamiento) y, por tanto, de dignidad. El filósofo más representativo de este planteamiento es Hegel.
No obstante, la lectura materialista que de su filosofía hizo Marx llevó a sospechar de la idea de naturaleza y a centrar la atención en lo que para el marxismo medía el verdadero valor de la vida humana: la capacidad productiva. Posteriormente, la caída en desgracia de los grandes relatos, tanto el racionalista como el marxista, fue la base de la posmodernidad. Frente a los megaproyectos que pretendían salvar a la humanidad, la postura escéptica y pesimista de la posmodernidad respecto de la razón lleva a un corolario quizás no buscado por sus teóricos: el emotivismo; es decir, la sustitución del criterio racional –necesariamente universal– por el de las emociones personales, lo que da pie a una ética blanda y, en el fondo, relativista, basada en una delimitación nebulosa del concepto de dignidad humana.
Eugenesia por compasión
La medicina ha reflejado estos cambios de valores de forma clara. La “emotivización” del debate sobre el aborto o la eutanasia da fe de ello. Para cuando Lejeune da a conocer la causa genética del síndrome de Down, en 1959, parte de la comunidad científica y médica ya estaba abandonando la tradición hipocrática, de matriz “esencialista” en tanto que se funda en un ideal de dignidad humana universal, y abrazando en su lugar un paradigma relativista y emocional.
El aborto “por compasión” de niños trisómicos y los sueños de crear bebés mejorados tienen orígenes filosóficos distintos, pero ambos parten de un vaciamiento del concepto de naturaleza humana
Así, frente a la reivindicación de Lejeune del valor intrínseco de toda vida humana, también las de los niños y niñas con síndrome de Down, el término que blandían los proabortistas, al igual que unos años después harían los partidarios de la eutanasia, es el de “compasión”: “interrumpir” estas vidas –otro rasgo típicamente posmoderno es la desnaturalización del lenguaje– es un acto de amor, porque evita a esos niños una vida indigna (aunque no se diga así porque la palabra suena demasiado fuerte y porque no hay un referente de dignidad).
El emotivismo es todavía hoy el discurso dominante en el debate sobre el aborto, y en particular el aborto de niños y niñas con síndrome de Down. Con todo, precisamente por la misma naturaleza volátil de los sentimientos, que hace difícil someterlos a la disciplina de la jerarquía y de la razón, en nuestra sociedad se dan comportamientos abiertamente contradictorios respecto a quienes portan esta anomalía genética, como que los mismos que consideran que las vidas de estas personas “no merecen la pena” aplaudan luego sus logros profesionales y se conmuevan ante lo inspirador de sus historias de superación.
Del paradigma emotivista al tecnocrático
En una reciente conferencia organizada por la Fundación Jérôme Lejeune en Madrid, por el centenario del científico, Fabrice Hadjadj, pensador francés y padre de un hijo con síndrome de Down, alertaba de que, cada vez más, el aborto, y especialmente el de niños y niñas trisómicos, no es tanto una decisión tomada deliberadamente, como la opción por defecto a la que se aboca, casi sin plantear otras, a la madre de un bebé con anomalías.
Esto, según Hadjad, es una manifestación de lo que él denomina “paradigma tecnocrático”, una forma de actuar que sustituye la deliberación racional respecto a lo que es bueno por una especie de determinismo técnico: lo que la ciencia ha hecho posible, que no lo entorpezca el hombre.
Este tipo de planteamientos ha hecho fortuna en Silicon Valley y otros centros tecnológicos. Allí ha cuajado en una especie de pronatalismo eugenésico, o de eugenesia pronatalista. Bajo esta aparente contradicción está la idea de que el mundo necesita más hijos (al menos si se quiere salvar el modelo económico vigente), pero no hijos cualquiera, sino niños y niñas “mejorados” mediante la edición genética de manera que se les evite determinadas enfermedades o quizás –aunque esto no se suele plantear así abiertamente– se les programe para ser más bellos o más productivos.
Los mensajes comerciales que se lanzan –por ejemplo, los de la compañía Preventive, surgida en 2025 y financiada por importantes tecnólogos como Sam Altman– hablan solo de curar enfermedades, pero son muchos quienes sospechan que la mira está puesta más allá. Comentando el lanzamiento de Preventive, Stella O’Malley, psicoterapeuta y escritora irlandesa que se ha hecho famosa por su oposición a las teorías transgénero, escribía en Unherd: “Se nos asegura que los cambios serán pequeños y se centrarán en las enfermedades, pero esa misma tecnología abre inevitablemente la puerta a bebés genéticamente mejorados, más inteligentes y con mejor aspecto. En un momento estamos tratando enfermedades; al siguiente, estamos sopesando qué rasgos son más deseables”.
Este tecnoutopismo recupera así algo del aliento épico y humanista que caracterizaba al progresismo hegeliano o al marxista, y deja atrás el pesimismo típico de la posmodernidad. Se trata, de nuevo, de salvar a la humanidad, de llevarla a su verdadera naturaleza, solo que ahora ese proceso se concibe según un paradigma mecanicista: el enemigo no es la irracionalidad ni el patrón; lo que limita al hombre son meros “problemas técnicos” que la técnica debe solventar.
La dignidad, un asidero firme
Pero esto plantea problemas sobre cómo evaluar la dignidad humana: ¿se debe utilizar un criterio funcional para medirla? ¿Se considerará más dignos a aquellos bebés “mejorados”? Cabe también preguntarse si, como refería Hadjadj respecto al aborto de niños Down hoy en día, la edición genética (en caso de que llegue a ser factible técnicamente –lo que muchos dudan– y esté al alcance de la mayoría) se convertirá también en la opción por defecto; si el discurso tecnodeterminista irá poco a poco limitando en la práctica la libertad de elección de las madres.
O’Malley planteaba en su artículo otro escenario inquietante: ¿cómo afectará la edición genética a la relación entre los padres y el hijo que ha sido “editado”? ¿Se puede amar con la misma incondicional al hijo “que nos ha sido dado” que al “producto” que hemos diseñado?
Ciertamente, los sueños –o pesadillas– del natalismo de Silicon Valley encuentran hoy en día una fuerte resistencia social, porque son percibidos como desvaríos de unas élites ricas y con querencias totalitarias, pero sus argumentos tienen un gran potencial de seducción en sociedades acostumbradas al emotivismo posmoderno; basta con utilizar la palabra mágica: compasión, compasión no solo por el propio hijo, sino por todos los que poblarán el planeta después de nosotros, por la Humanidad.
Ante el discurso relativista como ante el tecnoutópico, la voz de Jérôme Lejeune, en el centenario de su nacimiento y más de 20 años después de su muerte, supone un asidero firme que recuerda la igual dignidad de cualquier persona, nacida o no nacida, con o sin anomalías genéticas. Recuerda que no existen infrabebés, ni tampoco superbebés. Existen bebés; existe el ser humano.




Comentarios