Artículo: La engañosa metáfora de la IA como una mente y el cerebro como una computadora
- 11 feb
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Fuente: ACEPRENSA
Autor: Marciano Escutia
Los avances recientes han avivado la idea de que la inteligencia artificial podrá un día emular con tanta perfección el cerebro humano, que llegue a ser consciente. Lo que sería plausible si el cerebro funcionara como una máquina; pero no es así.

La ciencia cognitiva surgió en la década de 1950 como el estudio multidisciplinar de la mente, y emplea recursos de la antropología, la lingüística, la neurociencia, la filosofía y la psicología. Cuando apareció el ordenador, la metáfora dominante para todo se convirtió en la computadora: la vida no es más que bits y bits de información. Y eso veremos que no es verdad, aunque se haya vuelto tan dominante, concibiendo incluso al ser humano como una máquina básicamente biológica que podemos digitalizar.
La metáfora de la computadors
La metáfora de la computadora es una de las muchas que hemos empleado para describir analogías con el cerebro, pero el cerebro no es una computadora.
Para empezar, existen demasiadas diferencias entre las funciones de una computadora y el cerebro. El cerebro no distingue entre hardware y software porque su estructura cambia continuamente en el curso de cada interacción con el entorno. No existe un hardware constante, ni una estructura neuronal básica. No hay diferencia entre el funcionamiento y la estructura neuronal, lo que significa que en el cerebro nada ocurre dos veces de la misma manera. Además, no hay almacenamiento de datos, ya que eso requeriría una estructura constante y fija para su representación, sino que la estructura cambia constantemente. Así que no se puede hablar de datos que se utilizan de alguna manera, sino de una actividad disposicional flexible del cerebro, en el sentido de adaptación a cada situación. No se utilizan módulos fijos, sino una superposición de varias zonas que contribuyen cada momento a una función interactuando entre sí, en contraste con el funcionamiento de los módulos informáticos.
Las neuronas pueden o no activarse. Pero eso no es código binario propiamente dicho, ya que su funcionamiento está constantemente regulado por neuromoduladores como opioides, neuropéptidos y monoaminas. Los transmisores también son importantes para el funcionamiento emocional del cerebro y del cuerpo. Por lo tanto, lo que experimentamos como sentimientos y emociones no se puede describir con ceros y unos.
Finalmente, una computadora funciona por su cuenta en una dinámica de entrada y salida del sistema. Pero el cerebro solo funciona dentro de un cuerpo vivo. Y esa es la diferencia más importante. El cerebro solo no puede cumplir sus funciones. Incluso las formas básicas de consciencia están ligadas a la interacción constante entre las estructuras basales y mesencéfalas con todo el organismo. Por lo tanto, crear esta sensación básica de estar vivo, nuestro sentido básico del yo, no es una función de la corteza cerebral, sino que procede de la interacción constante entre el cerebro y todo el cuerpo.
El punto ciego
El punto ciego es la idea de Evan Thompson, catedrático de Filosofía en la universidad de British Columbia, de que, en la visión cientifista del mundo existe una incapacidad para ver que la experiencia humana vivida es la fuente inimitable de la ciencia. No se aprecia que, cuando construimos un modelo, nuestra experiencia es lo que sustenta el modelo y le da significado. La IA es un ejemplo perfecto de esa confusión, porque existe una especie de bucle narcisista donde proyectamos al humano en la máquina y luego interpretamos la máquina proyectándola en nosotros mismos. Así, proyectamos, por ejemplo, en una red neuronal de aprendizaje profundo la idea de que realmente participa en una conversación o que de alguna manera comprende lo que hace, y luego se interpreta eso en nosotros mismos, afirmando que el cerebro es solo una instancia particular de ese conjunto de algoritmos.
Un sistema de aprendizaje profundo, un gran modelo de lenguaje como ChatGPT, no entiende nada de lo que hace. Básicamente, se dedica al reconocimiento de patrones estadísticos de infinidad de parámetros lingüísticos al servicio de redes neuronales de aprendizaje profundo. En general, son máquinas de predicción estadística, herramientas cuyo significado depende de nuestra interpretación.
Para que la inteligencia sea real, se necesita un cuerpo vivo, y los sistemas de inteligencia artificial no están encarnados
La IA generativa no sabe de palabras ni de conversaciones. Todo lo que está codificado en ella se basa en datos preetiquetados que recibe y que genera en forma de “esta es la siguiente pieza más probable”, según ciertos principios matemáticos numéricos. Pero no sabe nada de palabras. No sabe nada de oraciones. No sabe nada de significado. No conversa en absoluto. Pero parece que lo hace porque lo proyectamos así, olvidando que ahí está el punto ciego, con toda la infraestructura de la experiencia humana y la ciencia subyacente.
Es un error decir que la vida es solo información. La vida es muy diferente de cualquier sistema creado de procesamiento de información, porque se construye físicamente de tal manera, que altera el mundo para su propia existencia. Kant fue el primero en usar el término “autoorganización”. Señala una diferencia fundamental entre la vida como autoorganizada, autoproductora, y una máquina que no lo hace, porque las máquinas están predefinidas en cuanto a sus partes, su interfaz y sus funciones, de una manera radicalmente distinta a la vida. Podemos usar el modelo para ciertos fines heurísticos, pero sin olvidar que es un modelo. El mapa no es el territorio. La inteligencia artificial, en ese sentido, no es inteligencia genuina.
La inteligencia real es encarnada
Para que la inteligencia sea real, se necesita un cuerpo vivo, y los sistemas de inteligencia artificial no están encarnados. El campo de la robótica lo sabe bien e intenta simularlo de manera mecanicista, lo que también presenta limitaciones fundamentales, ya que la materialidad con la que se trabaja no es esta materialidad metabólica autocreativa.
El metabolismo implica que el organismo se recrea continuamente por medio de materia nueva. A través del intercambio con el entorno, el organismo no solo mantiene la misma estructura, como ocurre con todas las máquinas y ordenadores, sino que se reconstruye en su vida, en su interacción constante con el entorno. Reproduce continuamente todas las estructuras, de modo que, literalmente, se renueva por completo después de cuatro o cinco años: cada átomo ha sido reemplazado en el cuerpo.
El transhumanismo es una forma profundamente dualista de pensar sobre el ser humano, basada en la idea funcionalista de que la mente es, de alguna manera, un programa informático que podría extraerse del cuerpo para ser descargado. Esa misma era la idea del nosticismo de la Antigüedad tardía: que el alma es algo que solo está conectado incidentalmente al cuerpo y que podría purificarse y, de alguna manera, separarse de él para alcanzar de nuevo su forma pura y real.
Las máquinas pueden ser equipadas con todo tipo de datos para procesar, pero nunca adquirirán el auténtico conocimiento intuitivo propio de cualquier ser humano, por no hablar de la capacidad de dar sentido a su existencia
La mente no está hecha de circuitos
David Gelernter, catedrático de IA de la Universidad de Yale, se pregunta sobre la entidad de la mente separada del ser humano. Mientras que la mayoría de los profesionales de la IA consideran el cerebro humano como un ordenador con circuitos neuroquímicos funcionalmente semejantes a los ordenadores, con la mente como software, que un día podrá actualizarse y descargarse en otro tipo de soporte, Gelernter piensa que la mente de una persona procede de la experiencia de sensaciones, imágenes e ideas que interactúan con un cuerpo concreto. Estas se utilizan una y otra vez a lo largo de la vida tanto consciente como inconscientemente. Como el cuerpo es también parte de la consciencia, la mente cambia simultáneamente con él debido a la edad, la enfermedad, o los sentimientos y experiencias de toda una vida. No somos solamente un cerebro que funcionaría mejor sin relacionarse con un cuerpo, sino que somos un cuerpo, y la mente está para comprenderlo y ayudarle a ver cómo responder al mundo circundante.
Gelernter confía plenamente en el futuro de la IA porque los ordenadores tienen ya capacidad suficiente para imitar el pensamiento intuitivo y se puede recopilar una base de datos enorme conectando miríadas de imágenes y sensaciones con las correspondientes emociones. Partiendo de esto, máquinas equipadas para el aprendizaje profundo pueden emular los sentimientos. “Se podrá conseguir que tengan apariencia humana y que reaccionen como humanos. Sin embargo, sus sentimientos no serían genuinamente humanos sino lo que llamamos zombis. Incluso, lo que es más importante, el ordenador no experimentará el terror existencial o el extraño magnetismo de la muerte”. Es decir, pueden ser equipadas con todo tipo de datos para procesar, pero nunca adquirirán el auténtico conocimiento intuitivo propio de cualquier ser humano, por no hablar de la capacidad de dar sentido a su existencia.
El transhumanismo y la idea de persona
Esa idea nóstica religiosa de salvación sigue impulsando el transhumanismo: considerar la mente como una especie de sistema formativo extraíble para alcanzar la inmortalidad digital y liberarse del cuerpo. Esto es intrínsecamente imposible y hay que debatirlo filosóficamente, a pesar de que autores como Geoffrey Hinton, ganador del premio Nobel de Física en 2024 y padre de la IA moderna, no den importancia alguna a la cuestión, en el fondo debido a un materialismo que rechaza la idea del alma. Es como una historia de salvación donde se deja atrás el cuerpo y el sufrimiento, y se supera todo. La idea de descargar la mente en una computadora y alcanzar la inmortalidad no es una idea científica. Es una idea religiosa neonóstica.
El término persona surgió precisamente en el contexto del combate religioso constante del cristianismo primitivo contra la noción dualista y separadora de alma y cuerpo a favor de la de un alma encarnada o un cuerpo animado. Era una lucha fundamental, tal como la tenemos hoy, podríamos decir, entre el transhumanismo y la Encarnación. Estaba en juego cómo concebir a Cristo, ya que obviamente es un ser humano. Debería tener un cuerpo, pero a la vez ser semejante a Dios, o hijo de Dios, es decir, un ser espiritual. ¿Cómo podemos reconciliar esta doble presencia y su posibilidad en la misma sustancia encarnada? La noción de persona fue, por supuesto, una de las principales soluciones a este problema: en la persona se da la unión de las dos naturalezas.
¿Es la persona lo mismo que el yo? ¿Hay alguna diferencia? Estas palabras se usan de diferentes maneras según la tradición filosófica y el contexto, pero según ciertos pensadores como el filósofo fenomenólogo Paul Ricoeur, el yo equivale a una autoconciencia prerreflexiva. En la fenomenología, el yo o la individualidad es algo que se representa a través de este tipo de relación reflexiva circular del ser o del sistema consigo mismo de distintas maneras, mientras que persona se refiere a un individuo concreto situado en un lugar particular en el espacio y el tiempo, en una cultura particular, en un entorno social determinado. Así, el yo es un concepto abstracto, mientras que la persona se centra más en la individualidad específica encarnada y situada cultural y socialmente.
En unidad con el cuerpo vivo
La persona es ese ser consciente racional que se presenta a los demás como una unidad de interioridad y exterioridad, con un cuerpo vivo, que es a la vez la expresión continua de su vida subjetiva. Unidades encarnadas de interioridad y exterioridad, que pueden presentarse al otro y experimentarse mutuamente no solo como un cuerpo externo, sino como un cuerpo vivo, como persona encarnada, siendo ambos conscientes del otro como sujetos encarnados. Esta relacionalidad es clave para la noción de persona.
El filósofo alemán Helmuth Plessner creó un término adecuado: la posición excéntrica que ocupan los seres humanos, ya que son al mismo tiempo seres encarnados, pero también capaces de salir de su centro, por así decirlo, para percibir la presencia del otro y verse a sí mismos desde su punto de vista. Así que la persona es por un lado unidad psicofísica, pero también es relacionalidad, lo que comporta responsabilidad. Y ahí se abre la puerta ética, porque al mismo tiempo de ser el otro del otro, también soy responsable de él, lo que hace de la noción de persona algo mucho más rico y de larga tradición también en el pensamiento cristiano.
La persona es siempre el cuerpo completo en su interacción constante con el entorno. Esa es la presuposición básica para la personalidad y la cognición encarnada. La ciencia cognitiva tiene sus modos de investigar y ayudarnos a comprender la encarnación y la intersubjetividad como dimensiones cruciales de la personalidad y contrarrestar así la noción errónea de que el yo es el cerebro.




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