Familia: cuestión de estilo

Familia: cuestión de estilo
  • Autor: CARLOS GOÑI y PILAR GUEMBE
  • Fuente: ACEPRENSA, 26.JUN.2019

 

Cualquier visita a la bibliografía actual sobre la familia nos lleva a un lugar común: existen diversidad de estilos familiares. Casi nadie habla ya de familias modelo, porque nadie es quien para imponer su estilo de vida a los demás. Es verdad que hay muchas maneras de ser familia, pero también lo es que hay estilos familiares mejores que otros.

Bien se podría definir la tarea de educar como el proceso de imprimir carácter. La palabra “carácter” procede del griego clásico y significa “marca”, por eso el carácter se imprime. El temperamento, en cambio, se tiene, se nace con él, en muchos casos, se hereda. Este nos da una temperatura personal determinada, una disposición más o menos blanda o dura a recibir la marca. Por eso, el carácter no se graba en todas las personas de la misma manera: la forma de quedar marcados depende sobre todo del estilo con el que nos hayan educado.

Estilo viene de stilus, nombre que daban los antiguos romanos a los punzones con que escribían en las tablas enceradas. Cada uno tenía su stilus, su punzón, y marcaba la tabla a su manera. Lo mismo ocurre en las familias: cada una tiene su estilo, su manera de hacer las cosas, de afrontar las adversidades, de celebrar, de organizar la casa, de hablar, de tratarse, de exigir, de querer… cada una tiene su forma de imprimir carácter a todos sus miembros.

Un estilo educativo no es algo abstracto, sino que se conforma en la práctica a base de continuadas acciones, encaminadas a imprimir un determinado carácter

Hay tantas maneras de educar como personas, pues toda educación requiere una relación personal. Se educa a cada hijo de forma diferente, enteramente personalizada, no valen las mismas estrategias para personas distintas. Se puede decir que quien educa del mismo modo a dos hijos, al menos a uno de ellos no lo está educando bien. Los padres lo saben: lo que nos funciona con el mayor no nos sirve con la pequeña, lo que va bien a uno no le va al otro. Todo hijo es hijo único.

Maneras de educar

No obstante, podemos agrupar las infinitas maneras de educar en cinco estilos educativos, según se interprete esa relación personal. Para obtener los estilos principales, vamos a tener en cuenta dos variables, sin la correcta interrelación de las cuales se hace imposible educar: la protección y la autoridad.

Todo acto educativo cumple dos funciones principales: velar por el desarrollo integral del educando (podríamos llamarlo protección) y orientar ese desarrollo (mediante el ejercicio de la autoridad). Como padres, hemos de esforzarnos por que cada uno de nuestros hijos llegue a desplegar todas sus potencialidades, a ser lo mejor que puede ser. Al igual que un médico o una comadrona, asistimos a ese segundo nacimiento (la madurez) y cortamos por segunda vez el cordón umbilical. Pero también tenemos que intervenir para que el proceso no se desvíe, debemos señalar el norte, darles una carta de navegación para que no se pierdan y estar ahí para corregir el rumbo. Casi nada.

Estilos de familia extremos

Cada familia tiene un estilo, una forma de manejar el punzón, de conjugar esas dos variables que son, como hemos dicho, la protección y la autoridad. Algunas no aciertan con el justo medio, porque cuesta mantener el equilibrio entre las dos (no es fácil usar el stilus, hay que mantener el pulso y apretar lo justo, a veces poco, a veces mucho). Ese desajuste da lugar a cuatro estilos educativos que juzgamos poco positivos para imprimir carácter, como son:

Estilo proteccionista (exceso de protección). Hay padres que convierten la protección de los hijos en una auténtica obsesión. No tienen en cuenta que un exceso de celo los asfixia y, lejos de educar, no permiten que se desarrolle el ser humano que llevan dentro, los cubren con una urna de cristal y no se atreven a cortar ese segundo cordón umbilical.

Estilo liberal (defecto de protección). Adopta este estilo la familia que cuenta con “padres desertores”, es decir, que no ejercen como tales. No asisten al desarrollo de sus hijos, no educan, hacen dejación de sus obligaciones. Son los llamados padres missing, desaparecidos, simplemente no están, quizá porque tienen miedo a educar. Convierten a sus hijos en “huérfanos de padres vivos”.

Estilo dictatorial (exceso de autoridad). Hay familias que entienden la autoridad como autoritarismo. Tal exceso provoca miedo y tirantez. Los padres que optan por este estilo, pueden conseguir que se les obedezca, pero no educan; no tienen en cuenta a sus hijos, deciden por ellos. Como el Príncipe de Maquiavelo, prefieren ser temidos a ser amados, y no se dan cuenta de que sin amor no es posible educar.

Estilo anárquico (defecto de autoridad). Por mor del permisivismo, los padres no se atreven ni siquiera a orientar, a poner criterios, a señalar el camino. Son padres light, blandos, sin principios, incapaces de exigir nada, de imponer normas y hacerlas cumplir. Les ocurre lo mismo que a los anteriores: tienen miedo a sus hijos, miedo a contrariarlos, a que se reboten, pero no quieren usar la autoridad.

Estilos y caracteres

Un estilo educativo no es algo abstracto, sino que se conforma en la práctica a base de continuadas acciones, a veces insignificantes (aunque en educación nada carece de importancia), encaminadas a imprimir un determinado carácter.

Así como en la escritura antigua sobre tablas de cera se obtenían caracteres diferentes dependiendo del stilus o punzón que se utilizara, del mismo modo cada estilo educativo provoca un carácter propio en cada hijo. Estos estilos extremos generan sufrimiento afectivo, lo que se suele traducir en diversos trastornos de conducta, como agresividad, desconfianza, hiperactividad, desobediencia, rabietas, mentiras, palabrotas, desorden…

Dependiendo, lógicamente, del temperamento y las circunstancias de cada cual, los cuatro estilos anteriores generan otros tantos caracteres. Así, el proteccionismo crea hijos sobreprotegidos, sin iniciativa, frágiles y poco preparados para afrontar la vida. El estilo liberal, por el contrario, “engendra” hijos con problemas de autoestima y dureza afectiva. Por su parte, el estilo dictatorial provoca miedo y suscita hijos acomplejados e inseguros. El estilo anárquico, a su vez, desorienta y favorece que los hijos sean personas caprichosas, tiránicas y poco resistentes a la frustración.

Resumiendo, el exceso de protección provocaría en los hijos fragilidad personal y su defecto, dureza afectiva. A su vez, el autoritarismo generaría inseguridad personal y la falta de autoridad, tiranía afectiva.

Un ejemplo

Podríamos imaginar cómo actuaría un hijo o una hija en el caso de tener que entregar a sus padres el boletín de notas con resultados negativos, según haya sido educado con cada uno de estos estilos.

Probablemente, un hijo sobreprotegido sería vencido por la fragilidad y entregaría las notas hecho un mar de lágrimas y excusándose de todas las maneras posibles. Por el contrario, el hijo de padres desertores se refugiaría en la dureza afectiva y presumiría de sus malas calificaciones ante sus iguales. Los padres autoritarios se quedarían probablemente sin ver el boletín de notas de su hijo pues su inseguridad le haría esconderlo para retrasar al máximo una dura reprimenda. Por último, un hijo tirano echaría las culpas a sus progenitores y a sus profesores de sus malas notas y exigiría ser tratado como víctima, no como responsable.

Estilo educador

Resulta difícil hallar en la realidad estos cuatro estereotipos. Claro que existen padres proteccionistas, desertores, autoritarios y permisivos, pero por lo general no los hallamos en estado puro, sino mezclados. En educación hay pocas cosas “de libro”.

Pero esta polarización nos puede servir para encontrar un estilo educativo que sepa conjugar la protección y la autoridad, lo que podríamos llamar estilo educador. Así, los padres educadores protegen a sus hijos sin ser proteccionistas, están pendientes de ellos, a veces, sin que se note, ejercen la autoridad sin ser autoritarios y son permisivos en lo superficial, pero firmes en lo importante.

¿Cómo actuarían los padres educadores ante unas calificaciones de su hijo o su hija más bajas de lo habitual? Con toda seguridad, se preocuparían mucho, pero ante todo se ocuparían en hallar soluciones; dialogarían con él o ella a su nivel, con calma, buscando causas y no culpables; acudirían de inmediato al centro escolar para hacer una tutoría con el fin de tener más datos e iniciar un plan de acción. Por supuesto, no confundirían a su hijo o hija con el boletín de notas, pero tampoco los excusarían ni los justificarían, no tratarían de sacarles las castañas del fuego, sino que les ayudarían a encontrar una salida que, probablemente, exigirá mayor implicación por parte de todos, cada uno en el grado que le corresponda.

Sin afecto no se educa, se adiestra; sin disciplina, tampoco, como mucho se malcría

Todos los padres quieren a sus hijos, qué duda cabe de ello; sin embargo, no todos saben quererlos. Quererlos es fácil, lo difícil es quererlos bien, es decir, saber anteponer su bien a todo lo demás. Ese buen amor les llevará a ser exigentes, a decir “no” muchas veces, a dejar que se equivoquen, a no cargar con sus responsabilidades, a no ahogarlos con su propio celo.

El estilo educador da como resultado hijos sanos. Un hijo sano es aquel que se siente protegido y querido, que sabe que cuenta con sus padres para todo, también para que le exijan. Por sentirse protegido, llegará a tener una personalidad fuerte y una afectividad equilibrada, y por tener unos padres que ejercen correctamente la autoridad se sentirá seguro de sí y respetuoso con los demás.

Los hijos sanos no son hijos perfectos, como tampoco lo son los padres educadores, pero tienen más posibilidades de ser personas asertivas, libres y felices.

Las dos columnas

Protección y autoridad, cariño y exigencia, amor y disciplina, conforman las dos columnas sobre las que se sustenta la educación. No podemos educar sin afecto, sin cariño, sin establecer una relación de apego que va desde la simpatía hasta el amor. Pero tampoco podemos hacerlo sin apoyar nuestra labor en la exigencia, la firmeza, la disciplina. Ambos basamentos son imprescindibles tanto en la relación de padres e hijos, como en la de profesores y alumnos. Sin afecto no se educa, se adiestra; sin disciplina, tampoco, como mucho se malcría.

Un mínimo de afecto, un cierto apego, al nivel que sea, resulta imprescindible en el proceso educativo. Del mismo modo que no se puede educar sin una mínima disciplina, tampoco se puede educar con frialdad. Es necesario crear una suerte de campo magnético entre el educando y el educador para que el “milagro” se produzca. Nadie puede sacar de otro su mejor versión sin establecer con él una efectiva relación afectiva, al igual que un escultor no puede esculpir la piedra sin tocarla, sin acariciarla con los dedos como si quisiera ver con el tacto las formas que van surgiendo de su interior.

Llenar

Pero el escultor necesita disciplinar el material, herirlo con el estilete y limar las asperezas. Del mismo modo, padres y educadores tenemos que exigir, poner disciplina y establecer límites. Disciplinar se usa como sinónimo de castigar; de hecho, el concepto nos trae reminiscencias de tiempos pasados en que la disciplina se ejercía o se padecía de forma negativa; sin embargo, para nosotros, no es lo mismo. Procede del verbo latino disco, que significa aprender, y del adjetivo plenus, lleno; por lo que, con permiso de la etimología, disciplinar o disciplinarse sería llenar o llenarse de conocimientos, de aprendizaje. Educar también es llenar.

En su origen, advierte el sociólogo francés Edgar Morin, la palabra “disciplina” nombraba un pequeño látigo para autoflagelarse que permitía la autocrítica, y en su sentido degradado se convirtió en un medio para flagelar a aquel que se aventuraba en el dominio de las ideas que el especialista consideraba de su propiedad. Pero la educación no es una disciplina, como puede serlo la biología molecular o la física cuántica, sino el proceso de ayudar a crecer a una persona.

Rutina consistente

Un ejemplo de disciplina en educación sería algo tan simple como establecer lo que el doctor T. Berry Brazelton, un reconocido pediatra estadounidense, llama una “rutina consistente”. No se trata de algo violento, ni mucho menos (al contrario, las rutinas se han de planear con mucho cariño), pero que exige rigor y firmeza por nuestra parte y que favorece que nuestro bebé coma o duerma mejor, que nuestros pequeños sean ordenados o que nuestra hija adolescente aproveche bien el tiempo. Por supuesto, todo ello redunda en el crecimiento personal.

Una rutina es un proceso ritualizado que favorece el afianzamiento de ciertos comportamientos. Como proceso tiene un acto inicial que desencadena los posteriores y un acto final, que es el objetivo a conseguir. Así, la rutina de la hora de dormir de nuestro bebé se inicia con un baño siempre a la misma hora, al que le sigue la cena, una actividad relajante preparatoria al sueño (nunca ver la tele o jugar a algo que le estimule), un beso de “buenas noches” a los miembros de la familia, llevarlo a la habitación, ponerlo en la cuna con algún peluche si se considera necesario, desearle felices sueños, apagarle la luz y salir de la habitación. Con el paso del tiempo, habrá que ir adecuando la rutina a la edad (diferente horario, ducha en vez de baño, cuento, se ponen el pijama, van solos a la cama…), pero el hábito ya se habrá adquirido.

Se pueden generar muchos procesos rutinarios: levantarse, comer, jugar, higiene personal, hacer los deberes, salir de casa, encargos… que, como una “fuerza suave”, hacen que nuestros hijos sean disciplinados.

El mismo doctor Brazelton considera la disciplina como enseñanza, no como castigo, y dice que su objetivo es que el niño adquiera conciencia de los límites. Brazelton, como todos los padres, sabe que sin límites no se puede crecer, como no se puede llegar al destino sin seguir una ruta determinada. Porque poner límites no es limitar, no significa colocar un techo, sino al contrario, hacer que ese techo esté lo más alto posible. Cuanto más firmes sean los cimientos y más robustos los pilares y las vigas (el afecto y la exigencia), más arriba podrá colocarse el tejado y más alto será el edificio.

Exigencia amable

El rigor educativo no está reñido con el amor, sino al contrario, van unidos: ser exigentes, decir “no”, establecer normas y límites y hacerlos cumplir, son implicaciones directas del acto de amor materno y paterno. Aunque parezca lo contrario, la falta de exigencia produce en los hijos una sensación de desamor.

La exigencia conjugada con el afecto (la exigencia amable) produce ese crecimiento personal del que somos responsables los padres

La exigencia conjugada con el afecto (la exigencia amable) produce ese crecimiento personal del que somos responsables los padres. Esta perfecta conjunción da como resultado el cuidado (lo que los griegos llamaban epimeleia). La máxima expresión del amor a los hijos es ese cuidado maternal que convierte el apego en la forma adecuada de hacerlos crecer. El cuidado implica atención a las necesidades del otro, pero también, protección y corrección. El que cuida, limita y anima, calma y estimula. Sentirse cuidado significa saberse atendido y protegido, pero también sentir que te corrigen si te equivocas, que te ponen limitaciones a lo que no te conviene (como el médico que no te deja comer todo lo que te apetece), que te animan y estimulan.

El “buen amor” precisa de esa exigencia y disciplina que lo convierte en “amor bueno”. Por mucho que queramos a alguien, si no le queremos bien, no le queremos mucho. La exigencia amable requiere un amor exigente por parte de los padres que no se conforma con querer sin más, sino con querer bien.

La buena salud de la familia es cuestión de estilo. El estilo educador de una exigencia amable convierte a la familia en un modelo de vida feliz y le imprime carácter.