¿Conciliar? Mejor “cuidarnos”

¿Conciliar? Mejor “cuidarnos”

¿Conciliar? Mejor “cuidarnos”

El concepto de “conciliación entre la vida laboral y personal” no es algo que convenza a la presidenta de The New America Foundation, Anne Marie Slaughter. Para la autora de Unfinished Business (Asuntos inacabados), la expresión supone un rígido esquema según el cual las personas mantienen un equilibrio estable entre todas las cosas que desean hacer, pero que no advierte la situación de desventaja desde la que parten, por ejemplo, las mujeres casadas trabajadoras.

La realidad, según explica en The Atlantic, es que “la mayoría de las mujeres estadounidenses que tienen que cuidar de alguien en casa se debaten entre presiones casi imposibles y conflictivas, a saber, cómo cumplir con la jornada laboral, asistir a los eventos deportivos de sus hijos, organizar las actividades de fin de semana, llevar a su madre al médico, cocinar o al menos llevarle la cena a un amigo con cáncer y, y… O peor aún, cómo llevar simultáneamente dos o tres trabajos necesarios para poder poner comida en la mesa, pagar el alquiler, y  todavía tener tiempo para sus hijos y para sus propios padres”.

En tal sentido, más que de “conciliación”, Slaughter se decanta por la idea de crear “espacios para el cuidado”, lo que parte del principio de que ni los individuos ni la nación pueden subsistir si las personas no cuidan unas de otras, y que conlleva valorar, incluso en términos económicos, lo que implican esos cuidados.

Para ilustrar la trascendencia del asunto, la autora cita una opinión del ex directivo de la aseguradora Kaiser Permanente, George Halvorson, quien recientemente escribió: “Actualmente, el mayor déficit en la salud pública y el mayor fracaso de EE.UU. es el hecho de que a casi ningún padre de recién nacidos se le ha enseñado que ellos (los progenitores) pueden mejorar significativamente las habilidades de aprendizaje de sus hijos ejercitando el cerebro de su bebé durante los primeros tres años de vida”.

Señala entonces Slaughter que “cuidar de los niños adecuadamente, y valorar el trabajo pagado o impagado de aquellos que efectúan esta labor vital, determinará la competitividad futura de EE.UU., la seguridad, la justicia y el bienestar de sus ciudadanos”. Mas no se trata solo de los niños, sino también de la atención a los padres mayores: “¿Quiénes somos si no cuidamos de aquellos que cuidaron de nosotros?”.

Convendría pues que se valorara económicamente la actividad de cuidar, tal como hace Ann Crittenden, autora de The Price of Motherhood (El precio de la maternidad), quien cita los estimados del “valor” de una madre en el entorno de los 100.000 a 500.000 dólares anuales, según se mida el costo de reemplazar los servicios que se espera que ella provea, o lo que se puede destinar como pago a otra persona para que provea todos esos servicios combinados.

“Ninguno de esos bienes o servicios se cuentan jamás en el PIB de EE.UU. Pero podrían contarse, y muchos economistas nos han mostrado cómo”, asegura Slaughter, y alude a la iniciativa de Caring Economy Campaign (Campaña de la Economía del Cuidado),  que ha agrupado varios indicadores de riqueza social para medir cuánto cuesta la actividad de asistir a otros, y comparar esos resultados con los que muestran otros países desarrollados.

“Si la sociedad valorara el cuidado, este sería registrado en las mediciones económicas y en las de los activos de salud y riqueza del país. Si lo valorara, los puestos de trabajo harían suyo una serie de nuevas prácticas, desde el derecho a reclamar un horario flexible, a la creación rutinaria de planes de cobertura laboral para cada trabajador, con la idea de que todos tendrán que dedicar un tiempo en sus vidas para el cuidado de otros. Si la sociedad estimara el cuidado, el papel del profesor, del padre cuidador, del coach, de la enfermera, del terapeuta o de cualquier otra profesión que implique asistencia tendría un grado de prestigio y recompensa que reflejaría la enorme importancia del trabajo que desempeñan estas personas”.

“La ‘conciliación’ –concluye– es un lujo, algo que solo los más afortunados pueden alcanzar. La igualdad –de las actividades que son igualmente necesarias para nuestra supervivencia y prosperidad– es un marco mejor, que demuestra por qué el cuidado es algo que todos necesitan brindar y a lo que todos precisan acceder. No se trata, pues, de conciliar vida y trabajo, sino de dar valor a todas las actividades que la sociedad necesita para que sus miembros puedan prosperar”.

Fuente: Aceprensa, 17/12/2015