Carmen Padilla

Carmen Padilla

Al habla con…     CARMEN PADILLA

Periodista especializada en comunicación institucional y empresarial. Consultora en branding personal y publicidad corporativa. Orientadora Familiar del FERT. Casada y madre de cinco hijos.

Carmen lleva sólo dos años como moderadora y desde el principio ha sabido identificarse con la metodología y el estilo del FERT, pero además es muy versátil en toda la temática de los programas “Pre-adolescencia“ y “Adolescencia“.

¿Qué te atrajo a la Orientación Familiar? ¿Cómo fueron tus inicios?

Siempre he estado muy interesada en los temas de familia y de educación pero hasta que con mi marido conocí la metodología y las claves de los Cof´s del FERT no      entendí que era precisamente ése el modelo que necesitábamos para orientar debidamente la educación de nuestros hijos, a la vez que nuestro matrimonio fue cumpliendo aniversarios.  Además, algunos de nuestros mejores amigos, los hemos conocido en los COF’s.

De tu experiencia como moderadora, ¿qué destacarías de las necesidades con que las familias se acercan a la orientación?

Destacaría que hace falta más sentido común y más sentido del humor cuando hablamos de y con nuestros hijos. Nos rodean demasiados mensajes apocalípticos sobre la educación, la paternidad, la conciliación, la adolescencia, y eso se respira en las sesiones. Cada sesión es para mí un reto fantástico para romper esquemas negativos, para desdramatizar la labor de los padres y también para prestigiar a nuestros jóvenes, que tienen muy mala prensa y considero que es lo mejor que tenemos.

Actualmente estás dirigiendo sesiones sobre temas tan diferentes como; autoridad, consolidación de la personalidad o la imagen corporal ¿Qué elementos educativos consideras más importantes en cada uno de ellos?

Todo acaba pivotando alrededor de un concepto clave: la libertad. Es decir, cuando los padres tenemos como objetivo en nuestro plan familiar ayudar a que nuestros hijos lleguen a ser adultos libres y lo trabajamos hijo a hijo. Personalizando cada uno con sus grandezas y con sus limitaciones –las nuestras también-, todo lo demás, por importante que sea, aflora sólo.

Hablar y debatir sobre la autoridad y sus límites, ayuda a las familias a darse cuenta de que precisamente poniendo límites los padres fortalecen su autoridad y así asumen su responsabilidad porque lo hacen por amor a sus hijos. Todo ello acompañada de una comunicación adaptada a la mentalidad propia de cada hijo, basada en la transparencia, la empatía, la confianza, el amor y extensiva a las relaciones entre todos los miembros de la familia. Por tanto, ha de ser estratégica y no se puede improvisar.

En un mundo globalizado donde los cambios se producen a gran velocidad ¿Qué retos debería plantearse la familia de hoy?

En la pregunta anterior ya he hablado de uno fundamental: comunicarnos de manera efectiva y afectiva entre nosotros. Los padres podemos y debemos ser los depositarios de las preocupaciones de nuestros hijos, pero también de sus ilusiones, de sus sueños, de sus proyectos…y esto, a veces en la adolescencia, se nos olvida. Si los padres no hacemos el esfuerzo por estar disponibles las 24 horas del día, hoy hay canales que sí lo están y “amigos” on-line que también. En concreto, la comunicación con nuestros hijos adolescentes -aunque siempre ha sido crítico-, ahora se agudiza mucho más por las alternativas a nuestra “no escucha” que pueden encontrar.

Los cambios se producen a gran velocidad, sin duda, pero no cometamos el error de pensar que nuestros hijos tienen que quemar etapas a la misma velocidad. Crecer, madurar, educar requiere tiempo. Tenemos que contar con esa velocidad, pero para aprovecharla a nuestro favor, manteniendo los valores y principios que inspiran nuestros objetivos familiares, con los pies en el suelo y sin dejarnos llevar por inercias interesadas y artificiales.

Nos ha tocado vivir un momento histórico fantástico donde la tecnología y la globalización nos abre el mundo a nuestros ojos, pero no podemos olvidar que ese potencial puede ser muy dañino en manos de un adolescente, con una voluntad poco educada o sin una autoridad que le transmita cada día que ser buena persona y feliz, pasa por poner esos recursos al servicio de los demás, para hacernos a todos mejores.